domingo, 24 de enero de 2021

El hijo del Rajá y la princesa Labam - Cuentos de la India (3)


Los faquires se mostraron de acuerdo con estas condiciones y cuando el príncipe lanzó la primera flecha, los cuatro echaron a correr tras ella.

Cuando le trajeron el primer dardo, el príncipe lanzó el segundo, y cuando éste también le fue devuelto disparó el tercero y después el cuarto.

Al quedarse solo por última vez, el hijo del Rajá, dejando en libertad a su caballo, sentándose en la cama, cogió la taza de piedra, la bolsa, el palo y la cuerda y dijo:

- Cama, deseo ir al país de la princesa Labam.

La cama se elevó por los aires y voló, hasta llegar al país de la princesa, donde se posó sobre un verde campo. Para asegurarse, el joven preguntó a unos campesinos:

- ¿En qué país estoy, amigos?

- En el de la princesa Labam -le contestaron.

Entonces el príncipe se dirigió a una casa en la que vio a una anciana, quien le preguntó:

- ¿Quién sois y de dónde venís, noble señor?

- Vengo de un país muy lejano, señora -contestó el príncipe, inclinándose respetuosamente ante la anciana. - Ruego que me dejéis pasar aquí la noche.

- No puede ser, noble señor, no puedo permitir que durmáis en mi casa porque nuestro rey nos ha prohibido albergar a extranjeros.

- Por lo menos dejadme estar en vuestra casa hasta que amanezca. Ya es muy tarde y si durmiese en la selva correría el peligro de ser devorado por las fieras.

- Bien, podéis quedaros, pero mañana, a primera hora, os marcharéis, pues si nuestro rey se enterase de que os había dado cobijo, me haría pasar el resto de mi vida en un calabozo.

Dicho esto, la buena mujer entró en su vivienda, seguida del joven y se dispuso a preparar la cena, pero el príncipe la contuvo, diciendo:

- Señora, no os molestéis en preparar comida, seré yo quien os la sirva. Y metiendo la mano en la bolsa dijo en voz baja:

- Bolsa, dame la cena, -y la bolsa sirvió en dos platos de oro los más excelentes manjares que jamás viera la anciana.

Cuando hubieron terminado, la mujer quiso ir a buscar agua para beber y lavarse las manos, mas también esta vez la contuvo el príncipe, diciendo:

- No os molestéis, bondadosa señora, tendréis tanta agua como queráis. -Y sacando la taza de piedra le ordenó:

- Taza, dame agua.

Inmediatamente se llenó la taza de agua fresquísima que el príncipe vertió en los diversos recipientes. Cuando todos estuvieron llenos, ordenó a la taza que cesase de dar agua, e inmediatamente quedó vacía.

Como la noche ya había llegado, y el hijo del Rajá se extrañase de que la anciana no encendiera ninguna luz, preguntó el motivo de aquella particularidad.

- No es necesario -explicó la mujer. - Nuestro rey ha prohibido que sus súbditos encendamos luces, pues, en cuanto anochece, su hija, la princesa Labam, se asoma al mirador de palacio y, es tanto el brillo que despide, que su luz alumbra todos nuestras casas y calles con la misma fuerza que la del sol.

En efecto, en cuanto cerró la noche, que era oscura como boca de lobo, la princesa se asomó al mirador. Vestía un traje hecho con rayos de luna tejidos por los dioses protectores del país. Alrededor del cuello, la cabeza y el cuerpo, llevaba largas hileras de perlas y brillantes, que, unidos a su belleza, convirtieron en un momento la noche en día claro.

El príncipe contempló embelesado a la princesa y su corazón fue muy feliz.

En voz baja murmuró una y mil veces:

- ¡Qué hermosa es!

A las doce, cuando todos los habitantes de la nación se hubieron acostado, la princesa se retiró a sus habitaciones.

El joven príncipe aguardó hasta que supuso que la princesa se habría ya dormido, y entonces, sentándose en su cama, dijo:

- Cama, quiero que me lleves al dormitorio de la princesa Labam.

Y la cama obedeció inmediatamente, trasladando al príncipe a la habitación donde dormía la bellísima joven.

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