Los grandes problemas de la existencia individual,
las preocupaciones supremas que asedian la vida de toda persona seria, no
pueden resolverse en la región limitada que está al alcance de nuestro cerebro.
Pero si las respuestas que dan la paz nos esperan en el interior sin límites de
nuestro ser, en la substancia divina de nuestra naturaleza oculta. Porque el
cerebro sólo responde con palabras estériles, mientras que la respuesta del
espíritu habrá de ser la experiencia maravillosa de la iluminación interior. El
que quiera practicar regular y seriamente el método de concentración mística,
recibirá, a través de su experiencia propia y directa, la confirmación
creciente de la divinidad verdadera del hombre. Las biblias y los otros
documentos comenzarán a perder su autoridad, en tanto que él empezará a
encontrar la suya.
Dios es su propio y mejor intérprete. Hallad
a Dios en vuestro corazón y comprenderéis entonces, por intuición directa lo
que todos los grandes maestros, los verdaderos místicos, todos los auténticos
filósofos y los hombres inspirados han tratado de explicarnos por el tortuoso
medio de usar las palabras.
Nunca podrán demostrar a mi
intelecto que Dios, lo Absoluto, el Espíritu —o como quieran llamarle— existe
realmente; pero pueden demostrármelo cambiando mi conciencia hasta que pueda
participar en la conciencia del Dios que hay en mí.
Sólo
existe un medio para efectuar este cambio y al mismo tiempo descubrir lo que
somos realmente. Este medio es pasar de lo exterior hacia lo interior; del
estar ocupado con una multitud de actividades externas, empezar a ocuparse de
una sola actividad interna de la mente. San Agustín monologaba de este modo:
Yo, Señor, he ido de una parte a otra, como
oveja extraviada, buscando en el exterior, auxiliado por razonamiento;
ansiosos, cuando estabas dentro de mí... Recorrí las calles; y las plazas de la
Ciudad del Mundo, buscándote siempre… y no te encontré, porque vanamente
buscaba fuera lo que estaba en el fondo de mí”.

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