Nosotros no pensamos en la vida interior.
Tratamos de persuadirnos de que no tenemos una media hora para malgastarla
sentándonos junto al quieto pozo de la Verdad. Un instante de quietud mental
nos parece un momento perdido. De aquí que las masas no sean más sabias para
utilizar mejor la multitud de sus días.
El mundo moderno no cree que una cosa tan insulsa como la
meditación tenga aplicación práctica en la vida diaria; por ello se la condena
a ser una mera abstracción. Y el mundo moderno no está del todo equivocado, ni
tiene del todo razón al proceder así. Para no mencionar nada más que un
ejemplo, la historia nos demuestra de cómo la religión ha producido un número
de visionarios meditativos que invitaban a otros a entrar con ellos en
los dominios de sus locas ilusiones y a vagar en el reino de sus pueriles
fantasías. Esas personas extraviadas son responsables de la opinión corriente
que se imagina a los videntes espirituales como seres perdidos en la
contemplación del cielo, explorando con sus ojos mentales vagos mundos
desprovistos de todo interés y utilidad para los mortales sanos de juicio.
Serían, en suma, falsos místicos que viven en fantásticos mundos creados por
ellos y que necesitarían se les diera un buen sacudón contra la realidad.
Pero la historia también
nos habla de videntes de elevado rango. Son hombres de una pureza moral
absoluta y de una excepcional caridad. La característica común de estos hombres
es la de haber pasado por una experiencia espiritual que ha sido una
iluminación indeleble para sus mentes y que les ha proporcionado una estática
felicidad. Estos eran verdaderos místicos. Las declaraciones que después
formularon con toda humildad revelaban que habían penetrado hasta las
recónditas profundidades del corazón humano; que habían llegado a los lugares
impenetrables donde mora el alma, y que habían descubierto al fin la divina
naturaleza del hombre, la cual permanece inmutable e intacta aunque se albergue
en un cuerpo frágil.

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