Un chico
caminaba distraídamente por la calle cuando la vio. Era una enorme y hermosa
montaña de oro. El sol le daba de lleno y al rozar su superficie reflejaba
tornasoles multicolores, que la hacían parecer un personaje galáctico salido de
una película de Spielberg. Se quedó un rato mirándola como hipnotizado.
—¿Tendrá
dueño? –pensó.
Miró para
todos lados, pero nadie estaba a la vista. Al fin, se acercó y la tocó. Estaba
tibia. Pasando los dedos por su superficie, le pareció que su suavidad era la
correspondencia táctil perfecta de su luminosidad y de su belleza.
—La
quiero para mí –pensó.
Muy
suavemente la levantó y comenzó a caminar con ella en brazos, hacia las afueras
de la ciudad. Fascinado, entró lentamente en el bosque y se dirigió al claro.
Allí, bajo el sol de la tarde, la colocó con cuidado en el pasto y se sentó a contemplarla.
—Es la primera vez que tengo algo valioso que es mío.
¡Sólo mío!
–pensaron los dos simultáneamente.
Cuando poseemos algo y nos
esclavizamos en dependencia de ese algo, quién tiene a quién, ¿Quién tiene a
quién?

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