Debemos dejar caer la sonda de la mente en
las profundidades del yo. Cuanto más profundamente descienda aquella, tanto más
rico será el tesoro que podremos extraer del mar de los sargazazos. La
conciencia debe estar en el centro más íntimo de nosotros mismos. Cada hombre
posee una puerta secreta que se abre sobre la luz eterna. Si no quiere hacer
fuerza para abrirla, se condena a la oscuridad.
Si quiere una prueba de su propia divinidad,
escuche a Su Yo Superior. Tome entonces un poco del tiempo destinado a las
distracciones tumultuosas del mundo y enciérrese un breve momento en la
soledad. Escúchese entonces, con paciencia y atención, lo que habrá de decir la
propia mente, según lo explicaré dentro de poco. Repítase esta práctica todos
los días, y en uno de ellos, inesperadamente, se tendrá la prueba que tan
ansiosamente se ha venido buscando. Y con ella vendrá una libertad gloriosa,
tan pronto como la carga de los escepticismos humanos y de las teologías hechas
por el hombre quede relegada. Debe aprenderse a ponerse en contacto con el Yo
Superior... y nunca más se sentirá uno atraído por esas reuniones fútiles en
que los hombres levantan el polvo de sus argumentos teológicos o hacen ruido
con sus debates intelectuales. Si se toma este camino se encontrará por sí
mismo la respuesta a la pregunta inquietante, independientemente de lo que
puedan decir los libros acerca de ello, no importa cuán sagrado o secular pueda
ser.
Algunas personas llaman a esto meditación,
nombre tan apropiado como cualquier otro, excepto porque yo me propongo
describir una especie de meditación que difiere, en su principio básico, de la
mayor parte de los métodos que se me han enseñado y que podría llamarse, con
más exactitud, quietud mental.
El
único modo de entender el significado de la meditación es el de practicarlo.
“Cuatro mil volúmenes de metafísica no enseñarán lo que es el alma”, decía
Voltaire.
Como todas las cosas que tienen valor, los
resultados de la meditación sólo se logran mediante trabajo y dificultades,
pero quienes la practican con el espíritu requerido pueden tener la seguridad
de que llegarán a la meta. Se empieza con intentos indecisos y se termina con
una experiencia divina. Se juega con la meditación y se trata de contemplar,
pero el amanecer de un día asomará cuando nuestras mentes incursionen en la
eterna beatitud del Yo Superior.
La meditación es un arte que casi se ha perdido en Occidente. Muy
pocos la practicaban y entre esos pocos todavía se preguntan por qué lo hacen
La costumbre de dedicar todos los días un momento que se destina al
recogimiento y al reposo mental, brilla hoy por su ausencia en la vida de los
pueblos occidentales. Esa especie de hipnotismo que ejerce sobre nosotros la
vida exterior se apodera de nuestro espíritu como se pega la sanguijuela a la carne
humana. Nuestro yo consciente y resistente inventa toda clase de buenas excusas
para no adoptar la práctica de la meditación, o para no continuar con ella
cuando ya se ha empezado. La personalidad en nosotros la juzga aburrida, vana,
y pensamos que exige una tensión nerviosa excesiva. Esta lucha inicial para
vencer la repugnancia que tiene la mente a descansar, es muy dura, tal vez,
pero es inevitable. Porque es una costumbre de importancia fundamental, cuyo
beneficio, cuando se la práctica, nunca será demasiado
exagerado; pero si se la descuida, nos esperan aflicciones y tormentos.
Más
allá de las comunes trivialidades de la vida diaria, existe una vida hermosa y
luminosa.

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