Por
ello el mundo material suele ser tan insatisfactorio. Y por ello nos orientamos
también hacia las enseñanzas espirituales. Pero nuestro objetivo, a partir de entonces,
deja de ser el de tener un millón de libras esterlinas en nuestra cuenta corriente,
un coche más rápido o un matrimonio más satisfactorio. Ahora queremos despertar.
Ahora queremos la iluminación. Ya no queremos un nuevo coche, sino acceder
a un estado alterado de conciencia. Ya no queremos una nueva relación, sino la
beatitud permanente. Y, en lugar del éxito mundano, queremos la iluminación, queremos
perder algo llamado ego y trascender algo llamado mente.
Pero no, por ello, la búsqueda espiritual deja de
ser, como la materia, una búsqueda. En
ambos casos, tanto si se trata de la búsqueda de riqueza material como de la búsqueda de
iluminación espiritual, se trata del mismo movimiento mental, es decir, de una búsqueda,
de un movimiento que se orienta hacia un futuro inexistente.
Es
la búsqueda, para mí, de algo en el futuro.
Lo
que se halla, pues, en la raíz de toda búsqueda es el “yo”.
Quiero
tener, en mi cuenta corriente, un millón de euros y también quiero tener, para mí, la
iluminación espiritual. ¡Yo, yo y más yo!
En
el núcleo mismo de toda búsqueda se asienta la sensación de un individuo, una identidad,
una persona o un yo separado.
La
sensación de ser una entidad separada de la vida, separada de esto,
separada de los demás, separada del mundo y separada de la Fuente.
En
el núcleo mismo de toda búsqueda se halla la sensación de incompletud, la sensación
de no estar completos, la sensación de estar fragmentados, perdidos, alienados
y, en suma, alejados de nuestro verdadero hogar.
Esta
sensación de carencia impregna todos los resquicios de la vida del individuo separado.
El yo separado siempre repite el mismo mantra: «No es suficiente, no es suficiente».
Y esta sensación de carencia no es exclusivamente intelectual. No es una mera
creencia, sino la sensación, tan profundamente arraigada que impregna toda experiencia,
de no estar en casa.
En
algún momento estuvimos en casa, pero ya hemos dejado de estar ahí. Y, en tanto
que individuos separados, vivimos angustiados por el recuerdo difuso de una intimidad
tan próxima que ni siquiera podemos nombrarla.
Es
como cuando, en la infancia, nuestra madre nos dejaba solos en la habitación.
Súbitamente
desaparecía y nos veíamos desbordados por una añoranza y una nostalgia que,
pese a ser inexplicables, parecían dirigirse al núcleo mismo de nuestro ser.
Esta
nostalgia parece brotar directamente de la sensación de ser una persona separada.
Pero,
como veremos, no es nuestra madre lo que realmente añoramos. Nuestra madre no
es más que el símbolo de algo mucho mayor. Lo único que queremos es regresar a la
Fuente, regresar al Océano, regresar a casa… regresar, en suma, a lo que éramos
antes de que todo esto comenzase.

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