Cuando
hablamos de no-dualidad solemos recurrir a metáforas y paradojas, porque las
palabras, que fragmentan y dividen, se quedan muy cortas cuando apuntan a algo vivo
y total. Ése es, en suma, un empeño tan imposible y condenado al fracaso como tratar
de coger agua con una red.
Son
muchas las paradojas y contradicciones que el lector descubrirá a lo largo de estas
líneas. Pero la mente que se empeña en comprender
intelectualmente todas estas palabras
acaba completamente confundida. Ese desesperado empeño se deriva de la creencia
de que, cuando comprenda, podrá poseer y, cuando posea, podrá controlar.
La
mente quiere controlarlo todo. ¡Ha pasado los últimos millones de años controlándolo
todo y no parece dispuesta a renunciar tan fácilmente a ello!
No
trates de entender estas líneas. Ábrete tan sólo a la posibilidad de que la iluminación
aparezca. Sumérgete sencillamente en las palabras. Zambúllete en su presencia.
Si algunos de los conceptos presentados aquí te parecen difíciles será porque
lo son. No en vano desafían cualquier idea que tengas sobre la espiritualidad, sobre
la vida, sobre el mundo y sobre ti mismo. No es de extrañar que sientas que algunas
de estas palabras amenazan tu sensación de identidad, la idea que tienes de ti y
de la verdad.
Ábrete
a esta otra posibilidad. Pero debes saber que, quien ha escrito estas líneas,
es el mismo que lo está leyendo. Debes saber que, si hay algo en este texto que
te parezca difícil, cruel o poco cuidadoso, no era ésa mi intención. En modo
alguno he pretendido provocarte o molestarte. Lo único que quiero es compartir
contigo la posibilidad de un amor absoluto e incondicional.

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