miércoles, 6 de mayo de 2015

DE MIS LECTURAS - Continuación 1


Ram Dass, un pensador espiritual americano contemporáneo, narra la siguiente historia. Un joven norteamericano acababa de ser formado en artes marciales en el Japón. Iba en el metro, y en un momento dado subió a su vagón un hombre inmenso, totalmente borracho, desaliñado, que chillaba desaforadamente. Empezó a golpear a varios viajeros, entre ellos una mujer, a la que hizo rodar por el suelo. Nuestro joven se sintió de pronto transformado en un San Jorge. Por primera vez encontraba una justificación para utilizar en la vida ordinaria (y no sólo en la sala de artes marciales) lo que había aprendido durante varios años de entrenamiento. ¡Iba a defender al huérfano y a la viuda y a dar un buen vapuleo a aquel borracho! Le daría una buena lección, pues también a él empezaba a insultarle.
De pronto, en el momento en que el gigante se disponía a la pelea, un viejecito arrugado, sentado en un rincón con su esposa, lanzó un grito penetrante.
El borracho, asombrado, se volvió. El anciano le hizo una señal para que fuera a sentarse a su lado.
Empezó a hablar con el gigante —que seguramente
tenía el doble de volumen que él— de cuánto le gustaba el sake. ¡Había encontrado un punto de encuentro con él! Al cabo de unos instantes, hablaban como viejos camaradas. El borracho empezó a llorar. Había desaparecido toda su agresividad. Era como un niño.
Entonces el joven San Jorge, muy ufano todavía de su rutilante armadura mental, en la que aún no había hecho ni un rasguño la realidad, pudo constatar que el anciano le acababa de dar una lección extraordinaria en las artes marciales. Que la cima de este arte consiste en no servirse nunca de él. Que la verdadera victoria es la que uno obtiene sobre sí mismo, sobre su miedo, sobre su cólera o su propia justicia. Y la última escena que contempló al dejar el metro fue la del borracho, desplomado sobre las rodillas del viejecito que le acariciaba con cariño sus cabellos grasientos.
Aquel anciano «bendecía» a su prójimo pronunciando únicamente palabras normales y sencillas. Había ido más allá de los postes indicadores del tipo «camino de la espiritualidad».
Era simplemente amor.
Esta es la bendición suprema.

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