Algunas doctrinas religiosas basadas
en el miedo han evitado cuidadosamente destacar la naturaleza prospectiva del
perdón divino, porque pensaban que en el momento en que la gente tomara conciencia
del
hecho extraordinario de una divinidad que no condena jamás, sus enseñanzas perderían gran parte
de su peso y de su autoridad sobre sus adeptos, e incluso la perderían por
completo.
Una de las razones por las que la parábola del hijo pródigo (Evangelio de Lucas, cap. 15) se ha mantenido durante siglos como una
de las dos o tres parábolas preferidas de la tradición cristiana, es que
constituye una poderosa representación simbólica del perdón y del amor a sí
mismo.
Cuenta esta parábola la historia de
un hijo que desea abandonar la casa paterna, después de haber pedido a su padre
la parte de herencia que le correspondía. Se marcha al extranjero, donde despilfarra
la totalidad de su herencia en una vida fácil y de desenfreno. Reducido a la
más extrema miseria (hasta el punto de envidiar el alimento de los cerdos que
cuidaba), se arrepiente y decide volver a casa para pedirle a su padre una
plaza de jornalero en la finca familiar.
Su padre no había aceptado en absoluto
su partida y aguardaba su retorno. Al verlo llegar a lo lejos, corre hacia su
hijo y lo abraza. (Algunos exegetas bíblicos no han comentado el alcance extraordinario
de que el padre se precipite hacia el hijo, cosa que estaba en contradicción
total con la cultura semítica, en la que un padre normalmente consideraría ese
comportamiento como indigno de su papel de padre).
Después de que el hijo pródigo se
condena y critica a sí mismo («He pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme
hijo tuyo») cada uno de nosotros puede sustituir
estas palabras por sus propias palabras de auto—flagelación—, el padre le da un
inmenso abrazo, le pone un anillo en el dedo (el anillo es el símbolo de la
unión recobrada), sustituye su ropa sucia y desgarrada por un vestido blanco,
(símbolo del perdón incondicional y de la inocencia) y manda organizar un
banquete en su honor.
Esta parábola es un símbolo elocuente
del camino espiritual de todos nosotros y de la andadura que todos hacemos hora
tras hora: a veces nos vemos como poseídos por un activismo humano desenfrenado,
hasta el punto de hacernos perder nuestras raíces espirituales; y poco después
nos «despertamos» espiritualmente y volvemos a encontrarnos unidos a nuestra
Fuente interior.
Lo realmente extraordinario de este
relato es que el padre no pronuncia ni una sola palabra de reproche a quien
viene de despilfarrar toda su herencia viviendo como un desalmado. Al hijo pródigo
no le hace la menor alusión a lo que ha pasado (« ¡ya era hora..., por fin has
asentado la cabeza!», o « ¡por esta vez te perdono...!»; cada cual puede
inventar su propia versión de los reproches que tantas veces escuchó en su
infancia... ¡y quizá también después!). Porque constata un arrepentimiento sincero
en el hijo (que se ha dado cuenta de que
ha pecado, no contra su padre, sino contra
su propia felicidad, contra la verdadera alegría que fluye
de una vida en
presencia del amor), su
perdón es incondicional, sin la más mínima demanda de expiación («Durante tres
semanas limpiarás las cuadras y darás de comer a los cerdos»), sin el menor
castigo. ¡Incluso
organiza un gran festín para celebrar su regreso!
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