viernes, 22 de mayo de 2015

DE MIS LECTURAS - Continuación 6


Algunas doctrinas religiosas basadas en el miedo han evitado cuidadosamente destacar la naturaleza prospectiva del perdón divino, porque pensaban que en el momento en que la gente tomara conciencia del hecho extraordinario de una divinidad que no condena jamás, sus enseñanzas perderían gran parte de su peso y de su autoridad sobre sus adeptos, e incluso la perderían por completo.
Una de las razones por las que la parábola del hijo pródigo (Evangelio de Lucas, cap. 15) se ha mantenido durante siglos como una de las dos o tres parábolas preferidas de la tradición cristiana, es que constituye una poderosa representación simbólica del perdón y del amor a sí mismo.
 Cuenta esta parábola la historia de un hijo que desea abandonar la casa paterna, después de haber pedido a su padre la parte de herencia que le correspondía. Se marcha al extranjero, donde despilfarra la totalidad de su herencia en una vida fácil y de desenfreno. Reducido a la más extrema miseria (hasta el punto de envidiar el alimento de los cerdos que cuidaba), se arrepiente y decide volver a casa para pedirle a su padre una plaza de jornalero en la finca familiar.
 Su padre no había aceptado en absoluto su partida y aguardaba su retorno. Al verlo llegar a lo lejos, corre hacia su hijo y lo abraza. (Algunos exegetas bíblicos no han comentado el alcance extraordinario de que el padre se precipite hacia el hijo, cosa que estaba en contradicción total con la cultura semítica, en la que un padre normalmente consideraría ese comportamiento como indigno de su papel de padre).
 Después de que el hijo pródigo se condena y critica a sí mismo («He pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo»)  cada uno de nosotros puede sustituir estas palabras por sus propias palabras de auto—flagelación—, el padre le da un inmenso abrazo, le pone un anillo en el dedo (el anillo es el símbolo de la unión recobrada), sustituye su ropa sucia y desgarrada por un vestido blanco, (símbolo del perdón incondicional y de la inocencia) y manda organizar un banquete en su honor.
 Esta parábola es un símbolo elocuente del camino espiritual de todos nosotros y de la andadura que todos hacemos hora tras hora: a veces nos vemos como poseídos por un activismo humano desenfrenado, hasta el punto de hacernos perder nuestras raíces espirituales; y poco después nos «despertamos» espiritualmente y volvemos a encontrarnos unidos a nuestra Fuente interior.
 Lo realmente extraordinario de este relato es que el padre no pronuncia ni una sola palabra de reproche a quien viene de despilfarrar toda su herencia viviendo como un desalmado. Al hijo pródigo no le hace la menor alusión a lo que ha pasado (« ¡ya era hora..., por fin has asentado la cabeza!», o « ¡por esta vez te perdono...!»; cada cual puede inventar su propia versión de los reproches que tantas veces escuchó en su infancia... ¡y quizá también después!). Porque constata un arrepentimiento sincero en el hijo (que se ha dado cuenta de que ha pecado, no contra su padre, sino contra su propia felicidad, contra la verdadera alegría que fluye de una vida en presencia del amor), su perdón es incondicional, sin la más mínima demanda de expiación («Durante tres semanas limpiarás las cuadras y darás de comer a los cerdos»), sin el menor castigo. ¡Incluso organiza un gran festín para celebrar su regreso!

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