Cada uno de
nosotros tiene el mismo valor que todos y cada uno de los seres de este
planeta. Cada uno de nosotros es absolutamente único en el tiempo, en el
espacio y en la eternidad. El Amor infinito que rige el universo tiene necesidad de ti para ser
completo, perfecto, infinito. Porque un Infinito al que le faltara aunque sólo
fuera una parcela, un átomo, ya no sería infinito ni perfecto.
Deja que esta
verdad arraigue lentamente en ti: «Yo
soy absolutamente único. El Principio de amor que dirige el universo (Rama,
Alá, Dios...) me quiere totalmente. Yo soy a sus ojos infinitamente
precioso(a). Y aunque no lo sienta todavía, yo soy totalmente uno con Ella, con
esa Fuente infinita de bondad ilimitada». ¿Por qué no comenzar tu
meditación matinal sintiendo la fuerza, el cariño, la paz, la dulzura, la inteligencia
de ese Amor infinito que te rodea totalmente, del que jamás podrás ser
separado(a), que está más cerca de ti que tus propios pensamientos? En cada momento,
ese Amor dice de ti: «Tú eres mi hijo(a) muy amado(a), en quien he puesto todo
mi afecto».
Aprende a
perdonarte completa y absolutamente todos tus errores pasados. ¡Limpia tu pizarra!
Amar y perdonar a los demás empieza por el amor y el perdón a uno mismo. Una
falta de amor auténtico a sí mismo proviene casi siempre de los residuos de pensamientos
de condena que se ocultan en la caverna del ego humano, en la mente. La
culpabilidad es la malla del espíritu. ¡No dejes que esa mafia reine en ti! La
libertad total es nuestra herencia espiritual, y nadie puede privarnos de ella.
Y cuando cometamos errores, hemos de
saber que el universo, la
Divinidad, ya
nos ha perdonado totalmente. Aunque esto pueda parecer demasiado bonito para ser
verdad, el perdón divino es prospectivo: cubre todo error que podamos cometer,
incluso en el futuro. En efecto, esos errores —todo despropósito con respecto a
las grandes leyes del universo— constituyen otras tantas faltas contra nuestra propia felicidad. Ir contra la
ley de la armonía expresada en las grandes enseñanzas de la sabiduría humana,
contenida por ejemplo en determinados pasajes de los grandes libros sagrados de
la humanidad, nos daña a nosotros mismos, no
a la Inteligencia que ha dictado esas leyes. Podríamos explicar esto diciendo
que, aunque efectivamente la Providencia no condena, determinadas actitudes negativas
que nosotros manifestamos pueden conducimos a una auto — exclusión temporal de
la gracia. 
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