domingo, 24 de mayo de 2015

DE MIS LECTURAS - Continuación 7


En uno de sus cuentos, tan sabrosos y tan llenos de poesía del espíritu, cuyo secreto conocía Tolsloi, el escritor ruso narra la historia de un obispo ortodoxo que viajaba por el mar Negro. Durante el viaje, oyó hablar de una pequeña isla en la que vivían tres ermitaños y manifestó su deseo de visitarlos. El barco se detuvo junto a la isla, a la que el obispo tuvo que acceder en otra barca más pequeña. Tras encontrarse con los tres viejos ermitaños, les preguntó cómo rezaban.

 Ellos le contestaron que su única oración era ésta: «Tú eres tres, nosotros somos tres, ten piedad de nosotros», oración que repetían a lo largo de toda la jornada. «Evidentemente, habéis oído hablar de la Trinidad, les dijo el obispo, pero no oráis correctamente; os voy a enseñar a orar». Y se puso a enseñarles la oración del Padrenuestro. Dedicó a ello toda la jornada y no se fue hasta bien entrada la tarde, seguro de que finalmente serían capaces de rezar como era debido. Desde la barquilla que lo conducía al barco mayor, oyó la voz de los tres ermitaños que seguían repitiendo el Padrenuestro.

 Al anochecer, el obispo, solo sobre el puente, se puso a meditar. De pronto, vio una cosa brillante que se acercaba al barco y que no era ni una barca ni un pájaro ni un pez. Se acercó al timonel. Juntos, lograron ver que eran los tres ermitaños, que se deslizaban sobre el agua a toda velocidad para dar alcance al barco. El timonel, espantado, soltó el timón. Al llegar a la altura del barco, los tres ermitaños se pusieron a gritar: «Siervo de Dios, se nos ha olvidado la oración. Mientras la repetíamos sin parar, la cosa iba bien; pero, en cuanto la interrumpimos, se nos olvidó todo». Persignándose, el obispo se inclinó sobre la baranda del barco y les dijo: «Vuestra oración llegará al Señor, hombres de Dios. Yo no soy quién para enseñaros a orar. Pedid por nosotros, que somos pecadores». Y se inclinó muy humilde y reverentemente ante ellos.

 Y hasta el amanecer siguió brillando una lucecita centelleante en el lugar donde los había perdido de vista.

 Como subraya ingeniosamente el relato de Tolstoi, lo principal es el espíritu, no la forma. ¡Que esto tranquilice a todos los que quieran lanzarse a la práctica del arte de bendecir!

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