VII. Rosas y manzanos
1 Soy un narciso de la llanura,
una rosa
de los valles.
2 Como rosa entre espinas
es mi
amada entre las mozas.
3 Como manzano entre arbustos
es mi
amado entre los mozos:
quisiera
yacer a su sombra,
que su
fruto es sabroso.
VIII. La mujer herida
4 Me llevaron a un banquete
y el Amor
me declaró la guerra.
5 Tiéndanme sobre tortas de pasas,
recuéstenme
sobre manzanas,
porque he
sido herida por el Amor.
6 Su izquierda bajo mi cabeza
y su
derecha me abraza.
7¡Les conjuro, muchachas de Jerusalén,
por las gacelas
y ciervas del campo
que no
despierten ni desvelen al amor
hasta que
a él le plazca!
IX. Primavera
8 ¡Un rumor...! ¡Mi amado!
Véanlo,
aquí llega saltando por los montes,
brincando
por las colinas!
9 Es mi amado un gamo,
parece un
cervatillo.
Véanlo parado
tras la cerca,
mirando
por las ventanas,
atisbando
por la reja.
10 Habla mi amado y me dice:
¡Levántate,
amada mía,
preciosa
mía, vente!
11 Mira, el invierno ya ha pasado,
las
lluvias han cesado, se han ido.
12 Brotan flores en el campo,
llega el
tiempo de los cánticos,
el arrullo
de la tórtola
se oye en
nuestra tierra;
13 en la higuera despuntan las yemas,
las vides
abultadas perfumean.
¡Levántate,
amada mía,
hermosa
mía, vente!
14 Paloma mía, en las grietas de las rocas,
en el
escondrijo escarpado,
déjame ver
tu figura,
déjame
escuchar tu voz:
¡Es tan
dulce tu voz,
es tan
fascinante tu figura!
15 Atrápennos las raposas,
las
raposas pequeñitas,
que
destrozan nuestras viñas,
nuestras
abultadas viñas.
16 Mi amado es mío y yo suya,
¡se
deleita entre las rosas!
17 Hasta que surja el día,
y huyan
las tinieblas,
ronda,
amado mío,
sé cómo un
gamo
aseméjate
a un cervatillo
por las colinas hendidas.
VII. Continuamos
en el escenario campestre. La muchacha se experimenta encantadora, como un
narciso o como una rosa, y libre en la sombra del valle. El muchacho ratifica
lo que acaba de decir la joven: para él es la mujer más bella que existe.
Intervienen en esta escena dos jóvenes: la amante que se presentó en el
comienzo del libro y su interlocutor. Quien tiene la iniciativa, una vez más,
es ella.
VIII.
Un cambio de escenario en este nuevo epigrama. Estamos ahora en la sala
de «un banquete». En esta sala irrumpe un guerrero inesperado: el Amor (en
hebreo está sin artículo, y debemos entender que se trata de una
personificación). La mujer es herida súbitamente y pide socorro. La herida es
tan profunda, que sólo podrá sanar con la presencia y la figura del amado. Éste
ha desparecido tan rápidamente como apareció, y ha dejado herida a la mujer. Si
las compañeras de esta mujer no quieren pasar por semejante trance, que no
despierten ni
desvelen
al amor (ahora con artículo, debiendo traducirse por «el amor»), hasta que a él
le plazca. El campo de batalla nos permite pensar en el tercer personaje
femenino presentado en el prólogo del libro: en la prostituta.
IX. Es el
primer idilio del Cantar. Los verbos de movimiento y la voz dan unidad a la composición.
Protagonista del idilio es la muchacha «fascinante» (14), que se presentó en el
prólogo del libro (1,5). Ha soportado un invierno de ausencia. Ha llegado la
primavera. Las flores del campo, las higueras que despuntan, las viñas
abultadas, la estación de los cánticos, el arrullo de la tórtola, todo invita a
celebrar el amor y a gozar de él. El oído despierto percibe la proximidad del
amado, aunque no sea más que «un rumor...». A partir de ese momento
se imagina
cómo se acerca presuroso, cual gamo o cervatillo, cómo mira y atisba por la
ventana y por la reja. Oye su voz, o ella misma pone palabras en boca del
amado: «Levántate... Vente». Pero la muchacha se resiste. Convierte su casa en
palomar, a pesar de que anhelaba como nadie la presencia del amado. El juego
del amor es, a veces, demasiado cruel (Cant 8,6). El muchacho se contentaría
tan sólo con ver la figura «fascinante» de la muchacha y con escuchar su «dulce
voz». Tras el conjuro contra las raposas que son un peligro para la viña no guardada
en otro tiempo, la muchacha declara solemnemente: «Mi amado es mío y yo suya,
¡se deleita entre las rosas!». Mientras dure la noche, es tiempo de que el gamo
o cervatillo ronde por las colinas hendidas. El lenguaje
es alusivo
y delicado. Aunque tanto la muchacha como el muchacho tienen voz en este
bellísimo idilio, acaso sea tan sólo una fantasía de la muchacha, que sueña con
la donación y posesión total.

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