5Soy morena, pero fascinante,
muchachas
de Jerusalén,
como las
tiendas de Cadar,
como las
lonas de Salmá.
6No se fijen en mi tez morena,
el sol me
ha bronceado:
mis
hermanos se enojaron conmigo:
me
pusieron a guardar las viñas;
¡y mi propia viña no la
guardé!
II. En este
segundo epigrama se presenta una muchacha que no es un dechado de belleza.
Conoce sus propios encantos: es «fascinante». Nos dice su oficio: es guardaviñas.
Nos confiesa su debilidad: su propia viña no la guardó. Sabemos que sus
hermanos se enfadaron con ella (o si nos atenemos a cierta tradición textual,
«la prometieron como esposa»), porque la muchacha no supo guardar su propia
viña. El autor juega con la doble acepción de viña: el sentido obvio y el
figurado: la viña es imagen de Israel (cfr. Jr 12,10; Sal 80,13s, etc.), y alude
también al sexo femenino. Es decir, la muchacha ya ha tenido relaciones
sexuales, sin que sepamos con quién. El hombre del Cantar es un interlocutor
necesario, pero la protagonista es la mujer. La mujer que ahora se presenta ya
no es la reina del primer epigrama, sino que puede pasar por ser la amante.

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