Un enamorado estaba relatando a su amada todo lo que
había hecho por ella:
"He hecho muchas cosas por ti. Por culpa tuya
he sido blanco de muchas flechas. Mis bienes han volado y mi dignidad al mismo
tiempo. ¡Ah, cuánto he sufrido por tu amor! Ya no hay noche ni día que me
traiga una sonrisa."
Así enumeraba la lista de los amargos brebajes que
había tenido que absorber. No hacía esto con el fin de culpabilizar a su amada,
sino, más bien, para probarle su sinceridad. Pues la sed de los enamorados no
colma ningún instinto. Describía sus penas sin cansarse. ¿Cómo
podría un pez cansarse del agua?
Cuando había terminado de hablar de sus desengaños,
añadía:
"¡Y aún no te he dicho nada!"
Era como la candela que ignora su llama y se funde
en lágrimas.
Su amada le respondió:
"Es verdad, has hecho todo eso por mí. Pero
ahora préstame atención y escucha esto: ¡tú no has ido hasta el origen del
origen del amor y todo lo que has hecho es aún poca cosa!
-Dime ¿cuál es, pues, ese origen?
-Es la muerte, la desaparición, la inexistencia.
¡Has hecho todo para probar tu amor, salvo morir!"
En aquel mismo instante, el enamorado rindió el alma
en la alegría y esta alegría le quedó, eternamente.

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