A la vista de esta repentina debilidad, la bella esclava se echó a reír, pues recordaba al valiente guerrero cuyo miembro había permanecido firme durante el combate con el león. Fue así presa de una risa irreprimible. Y su risa era como una marejada que hizo entrar al sultán en una violenta cólera. Desenvainó la espada:
"Dime la verdad, exclamó. Tu risa ha puesto la duda en mi corazón. Si me ocultas algo, te cortaré la cabeza. Si hablas, serás libre y feliz."
La esclava se vio, pues, obligada a contar su unión con el guerrero durante su viaje y también la causa de su risa: ¡la comparación entre el miembro del guerrero frente a un león y el del sultán frente a un ratón.
No siembres mala
semilla pues, un día, germinará y aparecerá a plena luz.
El sultán comprendió de golpe todas las injusticias que había cometido con el único fin de poseer a esta esclava y se arrepintió ante Dios diciendo: "He deseado a la mujer del prójimo. ¡He forzado la puerta del prójimo y alguien ha forzado mi puerta! Lo que he querido hacer a otros, eso me ha sucedido a mí como castigo. He robado la esclava del sha de Mosul y me la han robado a mí. He traicionado y he sido traicionado. Si me vengo, dominado por la cólera, eso recaerá sobre mí, pues soy la fuente de todo lo que acaba de suceder.
¡Oh, Dios mío,
perdóname! ¡Perdóname!"
Después, dijo a la
esclava:
"Que todo esto
quede entre tú y yo. Te daré a ese valiente guerrero pues, con su mala acción
me ha hecho un bien inmenso."
Hizo venir al guerrero
y le dijo: "Esta esclava ha dejado de complacerme, pues su presencia
entristece a la madre de mi hijo. ¡Cómo has arriesgado tu vida por ella no
puedo hacer otra cosa que entregártela!"
La entregó, pues, al
guerrero y decapitó así su ira y sus deseos.

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