Recuerdo que hace años, cuando me consideraba un buscador espiritual, sediento de la liberación y la huida que representaba la iluminación, solía creer que aceptar, o mejor dicho «hacer aceptación», las veinticuatro horas del día los siete días de la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, era la clave para iluminarse. Si era capaz de aceptarlo todo en todo momento, sería libre..., o eso pensaba yo. Era una idea preciosa, pero por más que intentara aceptarlo todo, estar presente con todo, permitirlo todo incondicionalmente, darme cuenta de todo sin elección, seguía habiendo cosas que no podía aceptar. El dolor físico extremo, la violación, la tortura, el genocidio... ¿cómo podía aceptar experiencias como esas? Cuando experimentaba en mi persona un dolor extremo, trataba desesperadamente de aceptarlo, pero me agotaba en el intento, y luego me castigaba por no haber sabido estar a la altura de lo que yo suponía que debía estar a la altura.
Ahora me doy cuenta de que había una estrategia (en otras palabras, una búsqueda) detrás de aquel intento de aceptación: secretamente creía que, si aceptaba el dolor, el dolor desaparecería. ¡Seguía siendo un rechazo del dolor, solo que disfrazado de aceptación! Qué lugar tan ingenioso había encontrado el buscador para esconderse:
¡justo en el centro de una bella práctica espiritual! La aceptación que se hace con cualquier tipo de esperanza, motivo o expectativa no es aceptación real, sino rechazo disfrazado.
Lo que entonces aún no había descubierto era la naturaleza incondicional y omnímoda de esta profunda aceptación. Estaba tan ocupado intentando aceptar que terminé pasando por alto esta profunda aceptación de la vida..., ¡en la que incluso mi incapacidad de aceptar estaba aceptada! Sí, así de radical es esta aceptación: ¡incluso a tu falta de aceptación del dolor se le permite formar parte de lo que eres! Todas las olas tienen la aceptación del océano, y si lo que está sucediendo justo ahora es que no aceptas el dolor, eso está aceptado también. El dolor está bien, y la aversión que sientes hacia el él, tu deseo de librarte de él también está bien. Se acepta al buscador incluso cuando es incapaz de aceptar.
Y aquí hay una clara paradoja. Si la vida acepta, acepta totalmente, mi falta de aceptación del dolor, eso significa que deja de ser una falta de aceptación. La no aceptación se transmuta. Lógica, filosófica y racionalmente esto no tiene sentido, pero es así. Sin embargo, no quiero que me creas; quiero que descubras tú mismo esta verdad.
Todo esto guarda relación con ese
descubrimiento.

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