Así que mi experiencia de la habitación en la que estoy sentado no se halla «en mi mente»; no encuentro ninguna prueba de eso. Mi experiencia de la habitación está justo aquí, como habitación; no está separada de la habitación. Es la habitación, y es percibida. La experiencia no tiene localidad; no está localizada ni en la cabeza ni en el cerebro. Está en todas partes, lo mismo que el océano está presente en todas sus olas. Es la taza de té que me estoy tomando. Es el cielo y las estrellas. Es las hojas que crujen bajo los pies mientras camino hacia la oficina de correos. El mundo ni está «ahí fuera» ni está «en mi mente». Es íntimamente uno con lo que soy Me sigue a todas partes. No puedo sacudírmelo de encima. No entro en el mundo y salgo de él; el mundo está siempre aquí.
No me muevo por el
mundo; él se mueve conmigo. Y no hay un yo separado de él. (¡Ah!, ¿verdad que
son maravillosas las palabras?)
De la misma manera, la experiencia que tengo del sol no está en mi cerebro, en mi cabeza o en mi mente. Nunca tengo una experiencia de él como si fuera algo que está dentro de mí en modo alguno. Mi experiencia del sol no está localizada dentro de otra cosa. El sol sencillamente está aquí, en la experiencia presente; no puedo decir que esté dentro de mí, ni tampoco que esté fuera de mí.
Ahora bien, el saber convencional nos dice que el sol es una bola gigante de gas ardiente situada a millones de kilómetros de nuestros cuerpos físicos. Y es verdad, relativamente hablando; no podemos negarlo. Pero lo que también es verdad —y este es el auténtico milagro— es que el sol está siempre justo aquí, en la intimidad de la experiencia presente. Aparece en la intimidad que soy. Es el calor que baña mi cara. Es el calor sobre la piel. Es el fulgor que me relumbra en los ojos. Es el querido, viejo e íntimo amigo que ha estado conmigo desde que tengo memoria. No está lejos, muy lejos de quien realmente soy. Está aquí.
Aunque desde cierta perspectiva pueda
parecer que una ola está muy alejada de otra ola del océano, desde la
perspectiva del océano, dado que cada ola es el propio océano, el concepto de
distancia o de ausencia de distancia no significa nada. El océano no tiene una
localización específica, lo cual equivale a decir que está en todos los lugares
a la vez. En otras palabras, está siempre aquí.
Todas las olas del océano que soy son esencialmente yo, incluso aunque parezcan estar a millones de kilómetros de mí.

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