Profundicemos un poco más en la idea de la aceptación, una palabra que tiende a mal interpretarse con mucha frecuencia.
Mira, se podría decir que lo que eres,
lo mismo que el océano, acepta cada ola simplemente porque es cada ola. No
tiene elección, ¡no tiene más posibilidad que aceptar! El océano no acepta unas
olas y rechaza otras; la suya es una aceptación incondicional que está mucho
más allá de nuestras ideas condicionadas sobre la aceptación. La aceptación de
todas sus olas está más allá de los opuestos conceptuales de aceptación y no
aceptación. La aceptación es la inseparabilidad del océano y las olas, y, como
tal, no tiene opuesto. Toda ola está aceptada de antemano, y es esa naturaleza
ya aceptada de las olas lo que constituye la esencia. Me refiero a la más
profunda aceptación de la vida, que como individuo no puedes conseguir.
En realidad, la cuestión no es intentar
conseguir esa profunda aceptación, sino reconocerla, verla, percibirla en todas
y cada una de tus experiencias. No tienes que lograr esta profunda aceptación;
eso ya ha sucedido, y lo único que te queda por hacer es darte cuenta, sin
esfuerzo, de que ya ha sucedido, en este momento y en cada momento.
Toda ola de experiencia —todo
pensamiento, toda sensación, todo sentimiento, todo sonido, todo olor— tiene
permiso para estar aquí. Para cuando una ola aparece, lo que realmente eres ya
la ha aceptado. La llegada de una ola es su aceptación. Las compuertas ya están
abiertas; a este momento ya se le ha permitido entrar, exactamente como es ahora
mismo. ¡Lo único que jamás experimentamos es lo que ya se ha permitido!

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