martes, 24 de octubre de 2017

“TODO CUANTO NECESITAS ESTÁ EN TI” - Fun Chang (7)

El emperador reflexionaba mirando al estanque. Todo esto era nuevo para él y muy importante. Era consciente de que esa comprensión iba a cambiar su vida, de que no cambiaría la vida de los demás, pero que podía ayudarlos a que ellos mismos la cambiaran.
Se volvió hacia el viejo Sabio y le dijo:
-He constatado, observando la plaza del mercado, que hay mucho tráfico en un lugar determinado; cuando la gente se va por la tarde algunos caen y se hieren. Es preciso que envíe a un guardia para que regule la circulación.
–Quieres protegerlos, dijo el Sabio, ¿por qué quieres protegerlos? –Porque es necesario que vuelvan a sus casas sin daños.
-¡Eso viene a significar que son un grupo de idiotas, que no son capaces de hacer cosas por sí mismos! ¿Cuántas leyes has hecho porque pensabas que tus súbditos eran incapaces de protegerse a sí mismos?
–Pero esto sería un caos sin leyes, repuso el emperador.
–Es cierto, cuanta más gente hay, más leyes se promulgan. Sin embargo, debes aprender a vivir por ti mismo y a funcionar sin leyes. Debes aprender a vivir en un mundo regido por una sola gran Ley. Donde quiera que mires, en la naturaleza se aplica, se aplica la misma Ley.
–Enséñamela, pidió el emperador.
–Primero, dijo el Sabio, puedo enseñarte a vivir por encima y más allá de las leyes, aunque deberás continuar haciéndolas para aquellos que no están todavía preparados para vivir sin ellas. ¿Puedes vivir con esta idea?
El emperador reflexionó un momento y dijo: -No lo sé.
No obstante, es fácil, dijo el Sabio: el águila que está en el cielo no sabe nadar, el pez no vuela, la mariposa no coge azufaifas. Todos utilizan su energía. Comprende que tú puedes dictar las leyes y al mismo tiempo permanecer al margen de ellas. De establecer leyes porque las personas no tienen intuición, no saben vivir naturalmente. Las plantas, las cañas, las rocas, los animales sí saben vivir. Sienten cuando va a producirse un temblor de tierra, cuando se prepara una tempestad y actúan en consecuencia. Una planta que vive cerca del océano se asegura que sus raíces se introduzcan profundamente para no ser arrancada por el viento. El hombre que sabe escuchar su intuición ya no necesita leyes.
–Pero todo el mundo no puede tener intuición...
–De eso hablaremos mañana, dijo el Sabio.
–Un momento, dijo el emperador, tú me has hablado de esos hombres y de esas mujeres sabias y fuertes que son como el hilo que forma la trama del mundo. Me has dicho que si expresaba la energía que hay en mí, quizá pudiera vivir en un cuerpo más fuerte todavía y percibir otras cosas. ¿Cómo podré yo saber cuándo habré experimentado todo y que ya no tendré que pasar por la experiencia de estar en un cuerpo?
– Créeme, dijo el Sabio, lo sabrás. ¡Pero si me haces esa pregunta... es porque el momento no ha llegado todavía!
El emperador regresó a su dormitorio.
Había pasado todo el día en el jardín con el viejo Sabio y tenía la impresión de haber estado allí durante semanas...
Había visto, escuchado y asimilado todo cuanto había podido.
Se acostó en su cama, se tapó con la manta y se durmió.
Los sueños le invadieron; se vio paseando por un bosque entre árboles, pájaros e insectos; luego sintió que el bosque temblaba como si de un gigante caminara cerca de él; los animales se pusieron a correr despavoridos, los pájaros fueron lanzados al aire, el bosque tembló aún más; tuvo miedo; el bosque sufrió sacudidas cada vez más fuertes y el emperador se despertó. Su palacio temblaba... Las puertas se habían caído, los muros comenzaban a agrietarse y a derrumbarse.
Oyó gritos que provenían de la ciudad de Lo Yang.
Quiso ponerse de pie, pero las ondas sísmicas que sacudían el palacio le clavaron en el suelo y no pudo desplazarse más que a gatas.
Ni un sirviente estaba a la vista, excepto uno que vio aplastado bajo una estatua.
Avanzó hasta la entrada y vio que la gente corría en todos los sentidos, empujándose y tropezando unos con otros.
El pánico alcanzaba su punto culminante, todo el palacio vacilaba y se derrumbaba con estrépito.

El emperador trepó hasta su habitación, se prostró ante el altar de sus antepasados y esperó. Pronto se detuvo el estruendo y el temblor... Un silencio sepulcral se apoderó del lugar. El aire estaba cargado de polvo.

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