El
emperador reflexionaba mirando al estanque. Todo esto era nuevo para él y muy
importante. Era consciente de que esa comprensión iba a cambiar su vida, de que
no cambiaría la vida de los demás, pero que podía ayudarlos a que ellos mismos
la cambiaran.
Se
volvió hacia el viejo Sabio y le dijo:
-He
constatado, observando la plaza del mercado, que hay mucho tráfico en un lugar
determinado; cuando la gente se va por la tarde algunos caen y se hieren. Es
preciso que envíe a un guardia para que regule la circulación.
–Quieres
protegerlos, dijo el Sabio, ¿por qué quieres protegerlos? –Porque es necesario
que vuelvan a sus casas sin daños.
-¡Eso
viene a significar que son un grupo de idiotas, que no son capaces de hacer
cosas por sí mismos! ¿Cuántas leyes has hecho porque pensabas que tus súbditos
eran incapaces de protegerse a sí mismos?
–Pero
esto sería un caos sin leyes, repuso el emperador.
–Es
cierto, cuanta más gente hay, más leyes se promulgan. Sin embargo, debes
aprender a vivir por ti mismo y a funcionar sin leyes. Debes aprender a vivir
en un mundo regido por una sola gran Ley. Donde quiera que mires, en la
naturaleza se aplica, se aplica la misma Ley.
–Enséñamela,
pidió el emperador.
–Primero,
dijo el Sabio, puedo enseñarte a vivir por encima y más allá de las leyes,
aunque deberás continuar haciéndolas para aquellos que no están todavía
preparados para vivir sin ellas. ¿Puedes vivir con esta idea?
El
emperador reflexionó un momento y dijo: -No lo sé.
No
obstante, es fácil, dijo el Sabio: el águila que está en el cielo no sabe nadar,
el pez no vuela, la mariposa no coge azufaifas. Todos utilizan su energía.
Comprende que tú puedes dictar las leyes y al mismo tiempo permanecer al margen
de ellas. De establecer leyes porque las personas no tienen intuición, no saben
vivir naturalmente. Las plantas, las cañas, las rocas, los animales sí saben
vivir. Sienten cuando va a producirse un temblor de tierra, cuando se prepara
una tempestad y actúan en consecuencia. Una planta que vive cerca del océano se
asegura que sus raíces se introduzcan profundamente para no ser arrancada por
el viento. El hombre que sabe escuchar su intuición ya no necesita leyes.
–Pero
todo el mundo no puede tener intuición...
–De
eso hablaremos mañana, dijo el Sabio.
–Un
momento, dijo el emperador, tú me has hablado de esos hombres y de esas mujeres
sabias y fuertes que son como el hilo que forma la trama del mundo. Me has
dicho que si expresaba la energía que hay en mí, quizá pudiera vivir en un
cuerpo más fuerte todavía y percibir otras cosas. ¿Cómo podré yo saber cuándo
habré experimentado todo y que ya no tendré que pasar por la experiencia de
estar en un cuerpo?
–
Créeme, dijo el Sabio, lo sabrás. ¡Pero si me haces esa pregunta... es porque
el momento no ha llegado todavía!
El
emperador regresó a su dormitorio.
Había
pasado todo el día en el jardín con el viejo Sabio y tenía la impresión de
haber estado allí durante semanas...
Había
visto, escuchado y asimilado todo cuanto había podido.
Se
acostó en su cama, se tapó con la manta y se durmió.
Los
sueños le invadieron; se vio paseando por un bosque entre árboles, pájaros e
insectos; luego sintió que el bosque temblaba como si de un gigante caminara
cerca de él; los animales se pusieron a correr despavoridos, los pájaros fueron
lanzados al aire, el bosque tembló aún más; tuvo miedo; el bosque sufrió sacudidas
cada vez más fuertes y el emperador se despertó. Su palacio temblaba... Las
puertas se habían caído, los muros comenzaban a agrietarse y a derrumbarse.
Oyó
gritos que provenían de la ciudad de Lo Yang.
Quiso
ponerse de pie, pero las ondas sísmicas que sacudían el palacio le clavaron en
el suelo y no pudo desplazarse más que a gatas.
Ni
un sirviente estaba a la vista, excepto uno que vio aplastado bajo una estatua.
Avanzó
hasta la entrada y vio que la gente corría en todos los sentidos, empujándose y
tropezando unos con otros.
El
pánico alcanzaba su punto culminante, todo el palacio vacilaba y se derrumbaba
con estrépito.
El
emperador trepó hasta su habitación, se prostró ante el altar de sus antepasados
y esperó. Pronto se detuvo el estruendo y el temblor... Un silencio sepulcral
se apoderó del lugar. El aire estaba cargado de polvo.
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