lunes, 30 de octubre de 2017

“TODO CUANTO NECESITAS ESTÁ EN TI” - Fun Chang (9)

Mientras caminaba por el palacio se dio cuenta que el hecho de que fuera emperador de China ya no tenía importancia para nadie.
A las personas solamente les preocupaba su sufrimiento, su miseria y su miedo. Franqueó la puerta principal del palacio y se adentró en Lo Yang, cruzándose con gente que caminaba como en una niebla.
Nadie le reconocía.
Quiso ayudar a alguien... pero la persona se puso a gritar tan fuerte que tuvo que dar un paso hacia atrás y dejarla. ¿Qué podía hacer?
Intentó socorrer a un niño sacándolo fuera de las ruinas, pero el niño chilló y pataleó con rabia, por lo que tuvo que volver a llevarlo cerca de los escombros bajo los cuales yacían sus padres.
Unos soldados saqueaban aquí y allá; cuando el emperador les gritó que se detuvieran, desenvainaron sus sables porque no le reconocían debido al polvo que cubría sus ropas... y tuvo que huir.
En un momento la tierra se había tragado la capital, había hecho perder todo su poder al emperador y creado una locura de miedo y desesperación.
Pasando por encima de los cuerpos y de las piedras, atravesando las ruinas, que ardían todavía, el emperador volvió a su palacio. Franqueó los muros derruidos y se dirigió a su jardín, que estaba milagrosamente intacto: ni una flor, ni una gota de agua faltaba, como si la mano del gigante que había devastado todo lo demás hubiera respetado ese lugar. Bebió el agua del arroyo, se sentó en el suelo y lloró amargamente. ¡Qué inútil se sentía... ni ejército, ni ministros, su esposa emperatriz aplastada en las ruinas del palacio, sus hijos desaparecidos, Lo Yang arrasada!
¿De qué era emperador ahora?
¿Y qué había sucedido con el resto del país?
Ya no había poder.
El ejército se había vuelto insensato, saqueando y robando; ¿cómo saber si las provincias del sur le habían permanecido fieles? ¿Cómo hacer saber a todos que estaba vivo?
Lloró más amargamente que nunca.
De pronto se estremeció, pues una mano se había puesto en su hombro.
Allí estaba el viejo Sabio, de pie, y el emperador, presa de una intensa cólera, se puso a gritar:
-Mira, ya no hay palacio, ni ciudad, mi esposa y mis hijos han muerto. El poderío de mi país ha sido devastado por un seísmo.
Tu preciosa naturaleza lo ha destruido todo. ¡No queda nada, no tengo valor!
El Sabio le miró a los ojos.
El emperador gritaba y gesticulaba, quería casi empujar y golpear al Sabio, pero una fuerza impedía que su brazo se levantara... se desvaneció con una gran agitación.
El Sabio se sentó a su lado, esperó a que hubiera recuperado el sentido y le dijo:
-¿Qué vas a hacer?
El emperador, desesperado, se encogió de hombros y dijo:
-No lo sé.
-¿Qué quieres decir con "no lo sé"? ¡Tu cuerpo está vivo, tienes trabajo que hacer, tienes una función que cumplir! El emperador gritó: -Ya no tengo nada, todo mi dinero está sepultado bajo el palacio, no puedo pagar a los soldados, que saquean la ciudad. No sé qué aspecto tiene le resto del país. ¿Qué puedo hacer? El viejo Sabio se levantó y le dijo: -Levántate.
El emperador se incorporó. -¡Mira ese águila en el cielo!
El emperador levantó los ojos: -¿Qué águila? Y el Sabio lo empujó al agua del arroyo. El agua estaba fría; el emperador se sorprendió; miró al viejo
Sabio y se puso a reír:
-¡Nadie más que tú me trata de este modo!
¡Solamente tú permites que me sienta un ser humano! ¡Ayúdame! –¿Qué quieres saber?, preguntó el Sabio.
-¡Ayúdame a reconstruir este palacio, esta ciudad!
Yo no puedo ayudarte, respondió el Sabio.
-¿Qué quieres decir con eso? –Soy un Sabio, puedo ver el pasado y el futuro, puedo comprender lo que ocurre, pero no puedo ayudarte.
El emperador le dijo: -No te comprendo.
El Sabio prosiguió: -Un vidente puede ver solamente; puede ayudar a los demás a utilizar los instrumentos de que disponen, pero no puede ni obligarlos, ni hacer el trabajo por ellos.
-¿Por qué estoy yo aquí?, preguntó el emperador, ¿por qué he venido yo a esta tierra, cuál es la utilidad de todo eso? Vengo, muero; vuelvo, muero... ¡No tiene sentido! ¡Mira toda esa devastación!
El Sabio manifestó: -No pretendas saber por qué estás aquí, eso no tiene la menor importancia.
El emperador gritó: -¡Necesito saber por qué estoy aquí, de lo contrario no puedo reconstruir nada, no puedo comenzar de nuevo!
–Es ridículo, dijo el Sabio. ¿Pregunta un bebé antes de aprender a andar por qué está allí?
¿Pregunta de dónde viene antes de aprender a hablar?

¿Pregunta un lactante por qué ha nacido antes de empezar a comer? ¡No  estúpido! No tienes necesidad de saber de dónde vienes. Muchas personas utilizan este tipo de juegos mentales para evitar mirarse de frente, para no servirse de los instrumentos que tienen a su disposición. Huyen de la realidad presente diciendo "si pudiera saber de dónde vengo, entonces sí podría"; pero esto no tiene ningún sentido. Este tipo de no, tiene más valor que Lo Yang hoy, ¡es una huida!

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