Había
pasado todo el día en el jardín con el viejo Sabio y tenía la impresión de
haber estado allí durante semanas...
Había
visto, escuchado y asimilado todo cuanto había podido.
Se
acostó en su cama, se tapó con la manta y se durmió.
Los
sueños le invadieron; se vio paseando por un bosque entre árboles, pájaros e
insectos; luego sintió que el bosque temblaba como si de un gigante caminara
cerca de él; los animales se pusieron a correr despavoridos, los pájaros fueron
lanzados al aire, el bosque tembló aún más; tuvo miedo; el bosque sufrió sacudidas
cada vez más fuertes y el emperador se despertó. Su palacio temblaba... Las
puertas se habían caído, los muros comenzaban a agrietarse y a derrumbarse.
Oyó
gritos que provenían de la ciudad de Lo Yang.
Quiso
ponerse de pie, pero las ondas sísmicas que sacudían el palacio le clavaron en
el suelo y no pudo desplazarse más que a gatas.
Ni
un sirviente estaba a la vista, excepto uno que vio aplastado bajo una estatua.
Avanzó
hasta la entrada y vio que la gente corría en todos los sentidos, empujándose y
tropezando unos con otros.
El
pánico alcanzaba su punto culminante, todo el palacio vacilaba y se derrumbaba
con estrépito.
El
emperador trepó hasta su habitación, se prostró ante el altar de sus antepasados
y esperó. Pronto se detuvo el estruendo y el temblor... Un silencio sepulcral
se apoderó del lugar. El aire estaba cargado de polvo.
El
fragor volvió a empezar de nuevo y el emperador escuchó gritos y alaridos. Esta
vez el ruido era más sordo y todo el palacio parecía desplazarse como si
tuviera piernas. Luego el emperador escuchó la palabra
"fuego",
gritada en las calles de Lo Yang, seguida del crepitar de las casas en llamas;
el fragor continuaba. Los muros y los techos del palacio caían alrededor del
emperador, el cual permanecía postrado ante su altar. No rezaba, no decía nada,
sintiendo solamente que si hubiera estado dispuesto a pasar al otro mundo. Ese
habría sido el momento ideal. Después de un rato, que le pareció una eternidad,
el estrépito cesó. Esperó... ya no caía nada más.
Se
puso en pie con precaución.
En
torno suyo pudo ver restos de granito y de mármol, estatuas rotas, paredes y
columnas derrumbadas. Se sacudió el polvo de sus ropas y pasó por encima de los
escombros que le rodeaban.
Entonces
oyó a una mujer en la habitación de la emperatriz que pedía ayuda... No pudo
sacarla de los escombros y, como no había nadie vivo que pudiera ayudarle, tuvo
que dejarla. Fue hasta el balcón, cuya barandilla había desaparecido, y miró la
ciudad de Lo Yang: no quedaban más que ruinas; sus construcciones se habían
venido abajo y el fuego las consumía.
Las
lágrimas le brotaron de sus ojos; se preguntó cuántas ciudades chinas habrán
sido destruidas también.
¿Se
trataba del fin del mundo, del gran cataclismo del que el viejo Sabio había
hablado el día anterior?
¿A
qué podía achacarse semejante catástrofe?
¿Por
qué una ferocidad semejante por parte de la naturaleza?
¿Por
qué esas piernas aplastadas bajo grandes piedras, esas gentes corriendo por las
calles con sus vestidos ardiendo?
Se
sintió desesperado e impotente. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar?

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