Conocí
a un hombre que era millonario antes de cumplir los cuarenta.
Trabajaba
con ahínco y siempre conseguía lo que quería: más dinero del que jamás podría necesitar;
una casa grande y lujosa; una compañera cariñosa y muy bella; unos hijos encantadores,
inteligentes, obedientes y trabajadores; montones de amigos; adulación, y respeto.
Se retiró a los treinta y siete años. Literalmente el día después de haberse retirado,
estaba sentado solo en casa y, de repente, aquel sentimiento vacío, incompleto,
añorante del hogar afloró de nuevo..., el mismo sentimiento que había tenido
siendo adolescente, el mismo sentimiento que le había hecho dejarse la piel
trabajando para conseguir sus millones, el mismo sentimiento del que se había
pasado la vida tratando de escapar.
Era el sentimiento que, supuestamente, el dinero, la gran casa, la esposa y la familia harían
desaparecer. Eso es lo que el mundo le había prometido.
Ahora
se encontraba ante un serio problema. Tenía lo que quería, y aún se sentía
incompleto. Aún añoraba el hogar. ¿Qué demonios le pasaba? Ya no contaba con la
distracción del trabajo. Ahora, frente a frente de nuevo con el sentimiento de
carencia, no tenía forma de escapar de él.
Aquella
tarde, el joven millonario se tomó una copa. Luego otra. Y otra. Muy pronto
se había hecho adicto a la bebida. Reemplazó su adicción al trabajo con una adicción
al alcohol. Después de todo, tenía que eliminar como fuera su sensación de carencia
cósmica.
La historia de este hombre es un perfecto ejemplo de
cómo es imposible satisfacer al buscador, incluso cuando consigue lo que
quiere. El sentimiento de carencia básico que experimentamos no lo puede
acallar nada de cuanto existe en el mundo del tiempo y el espacio. Conseguir lo
que deseas no erradica tu añoranza intrínseca de tu hogar.

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