Cada
ola es una expresión única del océano, y cada ola sufrirá de una manera distinta.
Tu sufrimiento es tu imitación sin parar que retornes al océano.
Mi
depresión apuntaba directamente al despertar espiritual. Mi depresión indicaba
el camino de vuelta a quien soy realmente, que está siempre en profundo reposo;
era una invitación a soltar la carga de mi pesado relato sobre el pasado y el
futuro, y a descansar profundamente en la experiencia presente; era una
invitación a despertar del sueño de la separación. Solo que tardé cierto tiempo
en aceptarla.
Comprender
que nada exterior a nosotros provoca en realidad nuestro sufrimiento es la clave
de una increíble libertad. Las circunstancias nunca pueden ser realmente la
causa de nuestro sufrimiento; es siempre la respuesta que damos a las circunstancias
la que nos hace sufrir. Sufrimos solo cuando buscamos la forma de escapar de
ciertos aspectos de nuestra experiencia presente y, al hacerlo, nos separamos
de la vida y entramos en guerra con nosotros mismos y con los demás —a veces de
manera obvia y a veces de manera muy sutil—. Nuestro sufrimiento tiene sus
raíces en la negativa a sentir lo que sentimos, a experimentar lo que
experimentamos ahora mismo. El sufrimiento es inherente a nuestra guerra con la
vida tal como es, inherente a la ceguera que nos impide ver que todo lo que
sucede en el momento está siempre aceptado, en el sentido más profundo.
Existe
mucha confusión en torno a la palabra «aceptación», así que, antes de que sigamos
adelante, quiero explicar algo sobre ella. Una de las primeras reacciones que me
llegan de la gente que tiene su primer contacto con este mensaje es: «¿Qué
quieres decir, Jeff, que tenemos que aceptarlo todo..., sentarnos cómodamente,
sin hacer nada, asumiendo que no hay posibilidad de lograr ningún cambio? Si
nos limitamos a aceptar todo lo que ocurre, ¿no conduce eso a la pasividad, la
apatía, la inacción y la impotencia?»
Aceptación
no significa que deberíamos renunciar a toda tentativa de impedir que suceda
aquello que no deseamos —como si eso fuera posible—. No estoy diciendo que
deberíamos sentarnos tranquilamente y dejar que todo ocurra si podemos hacer
algo al respecto. Nadie quiere que enfermen sus seres queridos, nadie quiere
perder todos sus bienes o tener un accidente de coche, nadie quiere que su
pareja le deje de improviso, ni que le agredan físicamente, pero son cosas que
pasan. La vida no siempre se ajusta a nuestros planes. Incluso cuando tenemos
la mejor de las intenciones; incluso cuando hacemos planes con la base mis
solida posible, apelamos al pensamiento positivo, practicamos la oración e
intentamos de buena fe manifestar nuestro destino; incluso cuando seguimos un
camino espiritual y trabajamos en nuestra evolución, ocurren cosas que no
habríamos elegido que ocurrieran, y se hace patente, una y otra vez, que, en
última instancia, no tenemos control sobre esto a lo que llamamos vida. Incluso
las personas a las que se ha considerado más iluminadas han terminado en una
cama de hospital, con dolores terribles a causa de un tumor, pidiendo más
morfina.

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