Lo
que trato de decir es que, si queremos ser verdaderamente libres, debemos hacer
frente a esta realidad con los ojos bien abiertos. Debemos dejar de engañarnos,
debemos apartarnos de las ensoñaciones y la esperanza, y decir la verdad sobre
la vida tal como es. La gran libertad reside en admitir la verdad de este momento, por mucho que choque con nuestras esperanzas, nuestros
sueños y nuestros planes.
Lo
que intento que entiendas es que, en definitiva, la propia realidad —no lo que nosotros
pensamos sobre ella— es la que manda. Aceptación significa ver la realidad, ver
las cosas como son realmente, y no como esperamos o deseamos que sean. Y, desde
ese lugar de alineamiento total con lo que es, toda acción creativa, afable e
inteligente fluye con naturalidad.
Juzgamos
la vida constantemente. Suceden cosas, y a continuación las aprobamos o las
desaprobamos. Las aceptamos o las rechazamos. Decimos: «No debería haber
sucedido esto». Decimos: «La vida es mala», «La vida es buena», «La vida no
tiene sentido» o «La vida es cruel». Decimos: «La vida siempre se porta bien
conmigo» o: «La vida nunca me da lo que quiero». Pero la vida en sí llega antes que
todas las etiquetas que le pongamos; llega antes que todos nuestros juicios
sobre ella. La vida no puede ser buena ni mala. La vida es simplemente la vida,
que toma la apariencia de todo cuanto hay, de lo que llamamos positivo y de lo
que llamamos negativo. La vida «hace que el sol brille sobre los buenos y los
malos por igual», como dice la Biblia. La vida hace que el sol brille, y la
vida es el sol que brilla y todo aquello sobre lo que brilla el sol, incluido aquello
sobre lo que preferiríamos que el sol no brillara.
Digamos
simplemente que, desde un lugar de profunda aceptación de la manera en que son
las cosas —por haber visto la perfección inherente a la vida en sí—, seguimos
siendo totalmente libres de hacer lo que sintamos el impulso de hacer: de ayudar a
cambiar las cosas, a hacer del mundo un lugar más humano. La diferencia estriba
en que nuestras acciones ya no provendrán de la suposición básica de que la realidad está estropeada y es necesario arreglarla, y, por debajo de eso, de la suposición de que cada uno de nosotros está separado de la vida. Cualquier movimiento que proceda del supuesto de que la
vida es defectuosa no hará sino perpetuar la enfermedad que promete curar.
No
hablo de sentarse cómodamente alejados de la vida y no hacer nada; eso es
desapego, que es otra forma de separación. Hablo sobre la relación íntima con la
vida, con la vida toda, que podríamos decir que es la muerte del desapego.
Es
imposible tener una actitud pasiva hacia la vida cuando te das cuenta de que eres la vida
misma.

M'agrada molt, força interesant. Salutacions
ResponderEliminarManuel