Y
hay otro problema, un problema que los budistas siempre han tenido presente:
en un mundo que es totalmente impermanente, en un mundo de cambio constante, en
un mundo que en última instancia escapa a cualquier tentativa tuya de controlarlo,
incluso si consigues lo que quieres, puedes luego perder lo que tienes. En definitiva, la vida no ofrece ninguna clase de
seguridad. Lo que aparece, siempre desaparece.
En
lo más hondo, sabemos que nada, absolutamente nada, puede protegernos de la
posibilidad de perder lo que tenemos, y por eso sentimos tal ansiedad en
nuestra vida. Ahora que tenemos una casa nueva, nos preocupa la posibilidad de
quedarnos sin trabajo y no poder atender los pagos en el plazo previsto. Ahora
que tenemos dinero más que abundante en nuestra cuenta bancaria, nos preocupa
que pueda quebrar la economía y que nuestros ahorros se queden en nada. Por muy
feliz que seas en la relación con tu pareja, te preocupa que pueda dejarte,
enfermar o algo aún peor. Te preocupa que tus hijos se hagan daño. Te preocupa
tu cuerpo, todo lo que podría ocurrirle. Y sabes que nada —ni tu gran casa, ni
los muebles, ni tu vistoso automóvil, ni la piscina, ni todo el dinero que
tienes en el banco, ni siquiera tu amado gurú espiritual— puede protegerte de
una pérdida potencial, del cambio, de la impermanencia, del rumbo que toman las
cosas.
Claro que las personas y los objetos pueden darte
temporalmente un sentimiento de seguridad, de comodidad v placer, pero no
pueden proporcionarte lo que de verdad anhelas, que es vivir a salvo de
cualquier clase de pérdida, a salvo de cualquier carencia y, en última
instancia, a salvo de la muerte. No pueden ofrecerte la seguridad cósmica que
tan desesperadamente buscas; no pueden llevarte de vuelta a casa. No hay nada
en el exterior que pueda llevarte de vuelta a casa.

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