Buscamos
riquezas, poder, amor, éxito e iluminación en el
futuro, en el «algún
día»,
porque todas estas cosas simbolizan para nosotros el hogar. Pensamos que
conseguir lo que queremos, encontrar lo que buscamos, nos llevará de vuelta a
casa. Nuestra añoranza cósmica del hogar es la raíz de todo.
A
veces incluso conseguimos lo que queremos —el coche nuevo, una relación,
el
nuevo trabajo, el cuerpo esbelto y en forma, la nueva experiencia espiritual,
la fama, la adulación, el éxito—, y nos sentimos íntegros y completos temporalmente.
Pero pronto regresa ese sentimiento de vacío, de descontento, y la búsqueda
vuelve a empezar. Es como si hubiera algo en nosotros que está perpetuamente
insatisfecho con lo que es; siempre quiere más. Por mucho que obtenga, quiere más. Por
mucho que posea o logre, quiere más. Por muchas experiencias que tenga, por mucho que se añada
a sí mismo,quiere
más.
Por
muy completa que sea la historia de mi vida, siempre podría ser más completa.
El trabajo siempre podría reportarme más beneficios y mi relación de pareja ser
más satisfactoria; siempre podría tener más dinero, más éxito, recibir más
halagos. La experiencia espiritual siempre podría ser más profunda, más
duradera. Me digo que siempre poddría estar más cerca de la iluminación, o
más iluminado, más presente; podría ser más consciente, más libre, más querido.
O
podría haber en mi vida menos de lo que no quiero: menos dolor, miedo, tristeza,
ira, sufrimiento, pensamientos, ego...
El
relato de mi vida nunca estará completo, o, lo que es lo mismo, nunca me
completaré
en el tiempo.

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