En
la música, las notas y los acordes emprenden un viaje similar, alejándose de
su
hogar natural, creando tensión para el oyente cautivado, pero resolviéndose
finalmente con el regreso a sus puntos de partida. Y nosotros, los oyentes,
sentimos como si la música nos hubiera transportado
de algún modo, como si nos hubiera
alejado de lo ordinario y luego nos hubiera devuelto —en cierta manera
cambiados, vivificados, transformados— al lugar donde estábamos. Algo se ha
convulsionado en nosotros, a pesar de no habernos movido en absoluto.
Sentimos
la imperiosa necesidad de marcharnos de casa en busca de lo que
quiera
que sea que nos haga sentirnos completos, pero sentimos la misma necesidad imperiosa
de regresar. Después de un largo día, agotador, de guardería o de oficina, lo único
que queremos es volver a casa, volver a estar con nuestra madre, con nuestro
padre, con las personas queridas, volver a dormir. De niños, añoramos nuestro
hogar cuando estamos lejos demasiado tiempo, lejos de las personas a las que
queremos. Cuando alguien muere, decimos que «han vuelto a casa» o han
encontrado un nuevo hogar donde
poder
descansar eternamente, donde poder, al fin, descansar en paz.
A
lo largo de toda la historia humana, la búsqueda del hogar se ha expresado en todas
y cada una de las facetas de nuestra vida: en nuestro arte, nuestra música,
nuestra ciencia, nuestras matemáticas, nuestra literatura, nuestra filosofía,
nuestra implacable búsqueda de amor, nuestra espiritualidad. La búsqueda del
hogar nace de lo más profundo de la mente humana.
En
el arte, la interacción del buscador y lo buscado, el primer plano y el fondo,
la
luz y la sombra, el espacio positivo y negativo crea tensión, drama. Un chiste
busca el golpe de efecto; una frase busca completitud. Es nuestro inherente anhelo
de resolución lo que hace que una obra de arte, un chiste, una frase sean tan
atrayentes, tan dramáticos, tan satisfactorios. Quizá sea el mismo anhelo que
ha llevado a los matemáticos, filósofos y físicos, durante toda la historia
humana, a buscar algún tipo de gran teoría unificada y omnímoda de la realidad,
integridad en el caos, amor en medio de la devastación, una conclusión cósmica.
Según nos cuentan, incluso el universo se expande y se contrae, buscando de
algún modo el equilibrio, buscando el hogar. Todo anhela entrar en reposo.
El
hogar no es un sitio, una cosa ni una persona. Es descanso. Originariamente,
la
palabra «hogar» significa «descansan» o «yacer».
Somos
como olas, anhelantes de retornar al océano del que nunca salimos. Una ola se
percibe a sí misma separada del océano y, desde ese lugar de falsa identificación esencial,
empieza a buscar el océano de un millón de maneras distintas. Se busca a sí misma
sin saberlo. Su anhelo del hogar es su anhelo de sí misma. Tal es la condición humana.

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