¿Cuál
es la duración de la vida del hombre? Un punto en el espacio. ¿La sustancia?
Variable. ¿Las sensaciones? Oscuras. ¿Qué es el cuerpo? Futura putrefacción.
¿Su
alma? Un torbellino. ¿Su destino? Enigma. ¿Su reputación? Dudosa. En una palabra,
todo lo que proviene de su cuerpo es como el agua de un torrente, y lo que dimana
de su alma, como un sueño, como el humo. Su vida es un combate perpetuo, un destierro
en suelo extranjero; su fama después de la muerte, un olvido absoluto. ¿Qué es,
pues, lo único que puede guiarnos en este mundo? Una sola y única cosa: la filosofía.
Esta consiste en velar por el genio que reside en nuestro interior, de suerte
que no reciba ni afrenta ni heridas, que no se deje arrastrar por los placeres
ni por los dolores, que no haga nada a la ventura, que no emplee los embustes
ni la hipocresía, que no cuente nunca con lo que otro haga o deje de hacer, que
acepte todo lo que suceda o que le corresponda como procedente de su mismo
origen y, en fin, que aguarde la muerte con paciencia y no viendo en ella sino
la disolución de los elementos que constituyen
el organismo de todo ser viviente. Si estos elementos no sufren daño alguno al transformarse
perpetuamente de un estado a otro, ¿por qué ha de inspirar la muerte desconfianza
y temor? Todo se halla regido por la Naturaleza, luego no hay peligro alguno.
Esto ha sido
escrito en Carnuta (8).
(8) Ciudad junto al Danubio donde Marco
Aurelio residió durante periodos de descanso entre
campañas de guerra.

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