El
corto espacio de tiempo que te queda por vivir no lo malgastes en pensar en los
asuntos ajenos, a menos que estos no sean un bien para la sociedad. No podrás ocuparte
de lo que otro hace y por qué lo hace, de lo que dice o piensa, de las intrigas
que trama o de otra cosa cualquiera por el estilo, so pena de faltar a alguno
de tus deberes.
Obrando de este modo, irías contra tu conciencia y te alejarías del estudio de esta
parte de tu ser que ha sido hecha para dirigirte.
Es
preciso excluir de nuestros pensamientos todo aquello que pueda tener un objeto
frívolo y vano, y con mayor motivo lo que solo sea efecto de la inquieta curiosidad
o de una maldad habitual. Acostúmbrate, pues, a pensar tan noble y rectamente
que si de súbito te hicieran esta pregunta: «¿En qué piensas?», pudieras contestar
inmediatamente y con toda franqueza: «Pienso en esto o en aquello», y de modo
que, por tu respuesta, se viera en seguida que tu alma está llena de sencillez,
de bondad, que es digna de un ser destinado a vivir con sus semejantes, de un
ser indiferente a los placeres y, en general, a todo lo que halaga los
sentidos, sin odio, sin envidia, sin rastrera desconfianza y, en fin, de todas
aquellas pasiones que te producirían vergüenza si tuvieras que aceptar que
existían en el fondo de tu corazón.
El
hombre que es de esta manera, que en todo momento se esfuerza en rivalizar con
los más virtuosos, puede ser considerado como un sacerdote o un ministro de los
dioses, ya que se consagra al culto del ser que reside en su corazón, de ese
dios que le preserva de las manchas de la voluptuosidad, de las heridas del
dolor y de los ataques de la injuria, que le vuelve insensible a la maldad de
otro, que hace de él un atleta en el más noble de los combates, que le protege
de todas las pasiones, le concede un temperamento de
justicia, le permite aceptar benévolamente los acontecimientos y conformarse con
todo aquello que el destino le depara, sin preocuparse nunca de lo que otro
dice o piensa, no siendo esto de absoluta necesidad al interés público.
Un
hombre así sólo se ocupa de lo que debe hacer por sí mismo y no pierde nunca de
vista la parte que le ha correspondido en este mundo; continúa siendo honrado en
todos sus actos, y está convencido de que su parte es buena, puesto que la
suerte que le
ha tocado a cada individuo está en relación con sus intereses particulares y
con el orden universal. No olvida, sin embargo, que todo ser racional es de su
misma familia y que el hombre, por naturaleza, se halla inclinado a interesarse
por sus semejantes.
Desde
luego, no debe buscar indistintamente la estima de todos los hombres, sino de
aquellos que viven conforme a su naturaleza. En cuanto a los demás, es decir, a
los que viven de otro modo, no olvida en ningún momento su manera de vivir, en
casa y fuera de ella, por la noche y durante el día, lo que son y las compañías
que frecuentan.
En
resumen, no hace el menor caso de la estima de tales individuos, ya que
empiezan ellos por no estimarse a sí mismos.

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