No
hagas nada sin querer, ni que sea malo para la sociedad, ni sin maduro examen,
ni por espíritu de contradicción. No adornes superfluamente tus pensamientos.
Procura
hablar poco y no emprendas a la vez muchos asuntos. En todo caso, que el Dios que
llevas contigo reine en un ser realmente hombre, digno de respeto y cuidadoso
del bien de sus conciudadanos, ya sea un simple romano, ya el propio emperador,
de un hombre tan ordenado con lo suyo propio que su actitud siempre sea la del
soldado que se halla dispuesto a abandonar esta vida a la primera señal, sin
necesidad de fórmulas de juramento ni de testimonio de nadie. Conserva, además,
siempre la misma serenidad; procura no llamar en tu ayuda al vecino y no
cuentes nunca con obtener la tranquilidad de espíritu fiándote en otro. En una
palabra, hay que ser recto, pero no enderezado.

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